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Archive for 30 diciembre 2011

El Cementerio de los Ingleses y la cultura de nuestros concejales

Posted by Jaime Gaviria en 30/12/2011

El Cementerio de los Ingleses, situado en el monte Urgull de San Sebastián, no es una de las zonas más visitadas del Castillo, sino que es más bien zona de paso hacia otras más populares, como las baterias del Gobernador o de las Damas, o el macho roquero del Castillo de la Mota. Situado frente al mar, y resguardado por una de las escarpadas paredes del Castillo, tiene un cierto aire misterioso y melancólico, y provoca al visitante que se fija en él, una mezcla de sentimientos. Por una lado, el respeto y temor lógicos que todo cementerio inspira. Por otro, una cierta pena, pues es un lugar que ha estado abandonado durante años y años, y actualmente se encuentra en mal estado de conservación.

Y por último, para quien tenga curiosidad por la historia de su ciudad, surge una pregunta obligada: ¿quiénes eran esos ingleses? ¿Por qué hay ingleses enterrados en el monte Urgull, antígua ciudadela militar, y filón inagotable de historia de San Sebastián?

En los dos últimos años, y bajo el mandato del anterior alcalde Odón Elorza, se han llevado a cabo obras de reparación de varias zonas del monte, (Batería de las Damas, Castillo de la Mota, museo de San Sebastián en dicho Castillo…) que han cambiado completamente su apariencia (para bien),  y lo han hecho muy atractivo para las visitas turísticas. Pero el presupuesto no ha llegado para reparar y adecentar el Cementerio de los Ingleses.

Pues bien, en esas estábamos, cuando el 20 de diciembre, El Diario Vasco publica que una concejala del ayuntamiento de San Sebastián pide rehabilitar el Cementerio de los Ingleses, “porque es un vestigio de la batalla que se libró en la ciudad en 1813” (cito literal). Se refiere nuestra culta concejala a la batalla del 31 de agosto de 1813, en la que las tropas anglo – portuguesas de Wellington liberaron (es un decir) San Sebastián del invasor francés, en el transcurso de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas.

En la actuación de nuestra concejala, diferenciaría dos partes: por un lado,  la parte práctica, que es solicitar la rehabilitación del Cementerio. Lo que me parece muy bien, aplaudo, y apoyo totalmente. Y por otra, la clase de historia que nos ha dado a los donostiarras. Y que es justamente  lo que me ha movido a escribir este artículo en mi blog, ya que envié una carta a la sección de Cartas al Director de El Diario Vasco para poder rebatir a la concejala, pero El Diario no ha tenido a bien publicarla.

La creencia de que en el Cementerio de los Ingleses están enterrados soldados británicos que intervinieron en el asedio, ataque y posterior destrucción de San Sebastián el 31 de agosto de 1813, es muy común entre los donostiarras. Y es que la asociación de ideas es inmediata: a todos nos han enseñado que, en dicha fecha, la ciudad fue casi totalmente destruida por las tropas de Wellington. Como estos eran ingleses, pues en el Castillo están enterrados los ingleses que murieron ese día. Evidente. Y para que no se nos olvide, desde hace años se celebra una representación, con uniformes de época, de dicha batalla.

Pues no señores. Los ingleses que están allí enterrados no tienen nada que ver con los que asaltaron, destruyeron, incendiaron, saquearon, asesinaron y violaron mujeres el  31 de agosto de 1813. Entre otras cosas, no parece que dicho día  hicieran muchos méritos para que les enterrásemos aquí.

Los ingleses que están enterrados en ese cementerio son muy diferentes a aquellos que destruyeron la ciudad en 1813. Son soldados que lucharon, no en la Guerra de la Independencia (1808 – 1813), sino en la Primera Guerra Carlista (1833 – 1840).  Formaban parte de la Legión Británica, aliada del bando isabelino, y defendieron San Sebastián del asedio y ataque de las tropas carlistas. La mayoría de los allí enterrados participaron en la batalla de Oriamendi (1837), y tuvieron un comportamiento muy distinto al de sus antecesores 20 años atrás. Tanto es así que, si San Sebastián no fue tomada por las tropas de Don Carlos, fue gracias a ellos. Estos sí que merecieron ser enterrados aquí. Bien es verdad que eran mercenarios, pero tampoco se puede pedir todo en la vida.

Recomiendo la lectura del libro de Miguel Sagüés Subijana “Urgull: Historia de San Sebastián”, publicado por Ariadna Editorial en 2005, casualmente con el patrocinio del Ayuntamiento de San Sebastián, en cuya pág. 149, y hablando de cómo la Primera Guerra Carlista afectó a la ciudad, dice (cito literal): “La presencia de la Legión Británica defendiendo a los liberales donostiarras frente al ejército carlista ha dejado en el Monte Urgull como recuerdo el llamado Cementerio de los Ingleses (…). En él están enterrados los miembros de la Legión Británica caídos en las batallas libradas en los alrededores de la ciudad, sobre todo en la batalla de Oriamendi (10 – 16 de marzo de 1837)”. Continúa el libro aportando más historia sobre ese lugar, pero eso ya se lo dejo a quienes quieran leerlo. Porque no sólo hay ingleses allí enterrados. También lo está el mariscal Gurrea, del ejército isabelino, caído en dicha Primera Guerra Carlista en la batalla del puente de Andoain.

Dentro de un año (2013) celebraremos el bicentenario de la reconstrucción de la ciudad tras su destrucción por las tropas de Wellington. Es una magnífica ocasión para terminar la restauración del monte Urgull, así como de formar a la ciudadanía en la historia de nuestra ciudad. Espero que la concejala asista a las clases.

Tengo especial cariño al Cementerio de los Ingleses, pues de pequeño jugaba al escondite allí con mis primos y con los amigos del barrio. Muchos años después, cuando empecé a interesarme por la historia del lugar, descubrí cuántas veces me habría escondido yo detrás de la tumba del mariscal Gurrea para que mis compañeros de juegos no me descubriesen. Espero que el ayuntamiento saque dinero de donde sea para rehabilitarlo, creo que el lugar y su historia lo merecen.

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“Todos quieren matar a Carrero” – Ernesto Villar – Edit. Libroslibres

Posted by Jaime Gaviria en 28/12/2011

Acabo de terminar de leer un libro sobre un episodio muy conocido para aquellos a los que nos tocó vivir el final del franquismo: el asesinato del presidente Carrero Blanco en 1973. Recuerdo que a mí me pilló con 11 años y no me daba muy bien cuenta de lo que eso significaba. Sí recuerdo que estaba en clase en el Liceo Francés, y que nos mandaron a todos los críos a casa porque nos decían que no se sabía lo que iba a pasar.

El autor inicia el libro con una pregunta simple: ¿por qué leer ahora un libro sobre este tema? Puede haber muchas razones. Una, que se aproxima el cuarenta aniversario del magnicidio, con lo que presumiblemente aparecerán libros y artículos sobre el tema (con lo que él no hace sino adelantarse). Pero otra, y muy interesante, es que el autor ha tenido acceso al sumario (más de 3.000 folios) sobre el asesinato de Carrero, que al parecer ha estado perdido por los juzgados de Madrid, sin que nadie, o pocas personas, se hayan interesado por él.

La tesis central del libro es tan sugerente como inquietante: se sabe quién asesinó al almirante Carrero (la organización ETA); pero lo que no se sabe con certeza es si ETA actuó sola o en compañía de otros, que facilitaron el asesinato. Bien porque proporcionaron medios para ejecutarlo, bien porque miraron para otro lado sabiendo que iba a ocurrir. Y quiénes eran esos otros, y por qué actuaron así. Es una tesis sugerente, porque permitiría abrir una línea de investigación histórica sobre un hecho que sin lugar a dudas modificó el rumbo que podía haber tomado el país a la muerte de Franco. Y es inquietante, porque del relato de Ernesto Villar se deduce que el común de los mortales nunca llegaremos a saber, ni en este episodio ni en otros, lo que realmente hay detrás. Valga con evocar el 23 – F. ¿Hay alguien que crea que todo está dicho sobre este acontecimiento?

El libro está muy bien escrito, en forma de “thriller” basado en hechos reales. El autor se ha documentado recurriendo a distintas fuentes de información, entre las que se encuentran los hijos del almirante y los agentes de inteligencia que pudieron estar relacionados con el caso y que, 40 años después, han decidido hablar, facilitando su nombre o no. El cuadro que pinta Villar es perfecto para una película de espías: etarras fichados por la policía,  que campan a sus anchas por Madrid sin que nadie les inquiete; agentes de la CIA en labores de contravigilancia, que conocen todos los pasos de los etarras, pero no informan a la policía española;  inspectores de la Brigada Político Social destinados en Bilbao, que advierten de lo que puede pasar y a los que nadie escucha; topos del SECED (el servicio de inteligencia creado por Carrero, precursor del CESID y del CNI) infiltrados en la organización ETA; espías del Alto Estado Mayor del Ejército, servicio enfrentado al SECED, que vigilan al almirante Carrero y se retiran del lugar de los hechos poco antes de la explosión; agentes del KGB, igualmente interesados en saber lo que pasa; antíguos terroristas de la OAS en Argelia, que forman a los etarras en el manejo de las bombas; un tunel cavado a pocos metros de la embajada americana, sin que nadie lo denuncie…

Y como colofón, un hecho hasta ahora desconocido: el servicio secreto francés, que detecta la presencia en el País Vasco Francés de los etarras que han cometido el asesinato, y ofrece a los policías españoles la oportunidad de entrar en Francia de incógnito y secuestrar a los asesinos de Carrero. La operación, según Villar,  se frustra porque la embajada de España en París se niega a ejecutar el operativo. ¿Será verdad?

Además de otras muchas preguntas sin contestar 40 años después: ¿Por qué no se puso en marcha la “operación jaula” en Madrid? ¿Por qué no hubo controles en las fronteras? ¿Cómo es posible que Arias Navarro, ministro de Gobernación y responsable de la seguridad de Carrero, no solo no fuese cesado, sino promovido a presidente del gobierno?¿Por qué no se declaró el estado de excepción en todo el país, cuando por menos que esto ya se había hecho? ¿Qué quiso decir Franco con “no hay mal que por bien no venga”, cuando habían asesinado a su más fiel servidor?

Todo ello, totalmente cierto, según asevera el autor. Aunque el libro no llega a conclusión alguna respecto a una posible trama de apoyo a ETA que ayudase significativamente a los asesinos a ejecutar su acción, sí subraya un hecho verdadero: Carrero tenía muchos enemigos, no solo fuera del régimen (la oposición política ilegalizada; la organización ETA; los propios EEUU, preocupados por el futuro de sus bases y por la negativa del gobierno Carrero para entrar en la OTAN), sino también dentro de él (como el Marqués de Villaverde, que apostaba como sucesor de Franco por su yerno, y no por el príncipe Juan Carlos, a lo que Carrero se negaba; o los ultras del bunker, que no veían a Carrero como una garantía de continuidad del régimen franquista; o los aperturistas de Fraga, que le veían justamente como lo contrario). Demasiados enemigos y de todo tipo. Y muy pocos apoyos. ¿Alguien echó una mano a los de ETA, que entonces era una organización cuasi – principiante que nunca había atentado fuera del País Vasco? La pregunta queda en el aire.

En otro orden de cosas, resulta curioso cómo el autor, que no parece sospechoso de franquismo, dibuja al almirante Carrero con unas virtudes que son justamente las que echamos de menos en los políticos actualmente: austero (vive en un piso de alquiler, utiliza un bolígrafo bic cristal reparado con papel cello, devuelve las dietas de viaje que no gasta); incorruptible (rechaza las cestas de regalo de Navidad, no atiende a los que vienen a pedirle ayuda por el embrollo judicial del caso MATESA); y preocupado exclusivamente por los intereses del país (o los que él entiende como tales) y no por los de grupos de presión. Un hombre de ideas simples y lealtad perruna a Franco, pero que no se casa con nadie. Ni siquiera con los franquistas.

En mi opinión, muy buen libro y muy interesante. Aunque solo para aficionados a la reciente historia de España. Como mucho, también a los fanáticos de las novelas de espionaje. Pero mucho me temo que los de la generación de mi hija no gastarán en él la propina del fin de semana.

Escena del atentado (“Operación Ogro”). Escenas reales tras el magnicidio:http://www.youtube.com/watch?v=9LT2jBeV_PU

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“Gran Torino”: ¿están desapareciendo los EEUU?

Posted by Jaime Gaviria en 27/12/2011

Año 2008. Director y actor principal: Clint Eastwood.

Recientemente me han visitado mis primos Armando y Yolanda, ciudadanos de los EEUU y vecinos de Corona (Calif.), población cercana a Los Angeles. De clase media – alta, ambos son votantes del Tea Party, y defienden la teoría de que EEUU es un país en trance de desaparición. En parte por la política de su actual presidente  -a quien, como buenos votantes del Tea Party, no soportan-  , y en parte por la invasión que sufren  -o ellos así lo entienden-  de extranjeros, especialmente latinos y asiáticos.  Hemos tenido interesantes discusiones de todos estos temas, y de otros, como la Segunda Enmienda, que permite a los ciudadanos de EEUU poseer armas sin prácticamente ningún control previo. No hemos llegado a ningún acuerdo, y la conclusión que mis primos sacan es que “Jaime es un europeo y no entiende qué son los EEUU”.

En este contexto, he tenido, por casualidad,  la oportunidad de ver la última película en la que Clint Eastwood actúa, y que recoge la práctica totalidad de la temática que he discutido con mis primos: “Gran Torino”, estrenada en EEUU a finales de 2008 – primeros de 2009. Y la verdad es que el mensaje de fondo que lanza la película coincide en mucho con las teorías de mis primos.

El argumento es bastante simple: en una ciudad del centro de los EEUU, el señor Kowalski acaba de enviudar. Se trata de un vejete cascarrabias (interpretado por Clint Eastwood), bien conservado físicamente,  que vive en un barrio en el que los ciudadanos asiáticos ya son abrumadora mayoría. Es muy hostil con sus vecinos, de origen vietnamita, con los que no quiere ningún trato. Pero por varias circunstancias se termina haciendo amigo de los dos hijos adolescentes de la familia, Thao y Sue, hasta llegar a enfrentarse con una banda de delicuentes en defensa de ambos jóvenes, perdiendo la vida en el lance.

Sin embargo, la lectura que se puede hacer de la película es mucho más profunda. Kowalski es la personificación del ciudadano americano “verdadero”: nacido en USA, veterano de la guerra de Corea, trabajador de la Ford durante cuarenta años, vive en su casa monofamiliar con su bandera de estrellas y barras en el porche y su jardín bien cuidado a la entrada. Tiene en el garaje un taller perfectamente equipado y ordenado, para reparar cualquier avería de su domicilio: electricidad, agua, gas, automóvil… Es decir, es autosuficiente. Es individualista. No necesita de los demás para resolver sus problemas domésticos. Y por si fuera poco, como tantos millones de estadounidenses, está armado: todavía conserva su fusil M14 de la guerra de Corea, del que se servirá para repeler un intento de robo que sufre en su domicilio. Cuando el sacerdote de su parroquia le pregunta por qué no llamó a la policía, la respuesta es que “cuando te atacan no puedes perder el tiempo en esas cosas”. La misma teoría de mi primo Armando.

Y el “summum” de su patriotismo está en su automóvil: un Ford “Gran Torino” de 1971, que tiene impecablemente cuidado en su garaje. Orgullo de la industria americana “de verdad”, mientras que uno de sus hijos es vendedor de coches japoneses, para gran tristeza de su progenitor.

Pero su mundo está cambiando, y a mucho peor. Los jóvenes ya no tienen respeto por nada (su nieta, con minifalda y ombligo al aire,  chatea por el móvil en el funeral de su mujer) ni educación (sus nietos no saben dónde está Corea ni qué guerra fue esa); su hijo mayor trabaja para los japoneses (es vendedor de Toyota); los asiáticos han invadido el barrio (hasta el punto de que su vecina le espeta que por qué no se va del barrio, ya que todos los americanos lo han hecho y él es el último); cuando va al ambulatorio, se encuentra con que su médico se ha jubilado y le sustituye una facultativa asiática; la enfermera, también extranjera, no sabe pronunciar su apellido, y los pacientes que esperan en la sala son todos indostánicos, asiáticos o latinos. Su mundo se está hundiendo y él es el último resistente. Por si fuera poco, la relación con sus hijos es muy mala, y termina de estropearse cuando intentan convencerle para que se vaya a vivir a una residencia de ancianos.

Pero por diversos avatares de la película, termina trabando relación con sus vecinos vietnamitas de la casa de al lado, y descubre que no son como él pensaba: la relación familiar es sagrada; los jóvenes cuidan de los adultos con respeto y alegría (mientras que sus hijos se lo han intentado quitar de encima); la hospitalidad es obligada (Kowalski lleva días sin comer de fundamento, y cuando le invitan a comer,  le sirven todo tipo de platos de exquisita cocina asiática); y la reparación de un daño causado es cuestión de honor (el hijo menor de la familia, que le ha intentado robar el Gran Torino inducido por una banda de delincuentes, es obligado por su madre a trabajar gratis para Kowalski durante 7 días en lo que él le ordene). Y Kowalski se da cuenta de que esos valores, que son los suyos, y que él no pensaba que unos “bárbaros asiáticos” pudieran llegar a tener, son los que América ha perdido.

Cuando una banda de delincuentes asiáticos hostiga a los hijos menores de la familia, Thao y Sue, quienes con más cariño le han tratado, Kowalski decide salir en su defensa y es abatido a tiros por los pandilleros. En la escena final de la película, el notario lee el testamento, dando a conocer que Kowalski ha desheredado a sus hijos y nietos y ha legado el Ford Gran Torino, su más preciado tesoro, a Thao.

Creo que caben dos interpretaciones. La primera es amable: Kowalski ve que sus hijos se han apartado del “recto camino”, y su lugar lo han ocupado otras personas, sus vecinos, a los que ha defendido como si fueran sus hijos, y que por tanto tienen derecho a recibir su herencia más querida, el Ford Gran Torino. Pero la segunda es inquietante: todos los valores del país se han perdido, y el último resistente del barrio, el último americano “de verdad”, ha sido asesinado por una banda de extranjeros, de “no americanos”. Como consecuencia de ello, el orgullo americano ha caído en manos de los asiáticos, que son los que en el futuro van a dominar el país. La médico es china, el policía es chino, el barrio está lleno de asiáticos, ya nadie habla inglés allí. Con Kowalski asesinado, América ha muerto.

No tengo claro a qué interpretación apuntarme, máxime cuando me acaban de decir que no entiendo ese país. Pero sí tengo claro cuál sería la de mis primos.

Os animo a ver Gran Torino. Es una gran película.

Trailer del film: http://www.youtube.com/watch?v=XHlZ-fOzkSE

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